
A penas pasaban de las 8 de la tarde pero las nubes tapaban el cielo con un tupido manto, que tan sólo dejaba escapar algunos ráfagas de claridad, de una luna redonda y brillante que comenzaba a asomarse tímida entre la oscuridad.
El frío cortaba la piel, pero su gruesa capa le protegía y escondía su rostro, dejando a la vista unos traviesos mechones negros y la luz de sus ojos grises.
En la cesta, llevaba sólo lo necesario, algunos dulces y las llaves para volver a casa. No llevaba mapas, ni direcciones, pues sabía que siempre acababa perdiéndose en aquella inmensidad de todas maneras.
Andaba despacio, procurando no atraer a ningún depredador hambriento, cuando la encontró en el suelo.
Era preciosa…
Tenía los cabellos oscuros, y los ojos color chocolate, aunque uno amenazaba con desprenderse de un momento a otro. La tela de su piel era clara, y tenía algún roto que dejaba ver el miraguano que asomaba de su interior. Su vestido estaba sucio y también hecho jirones y la sonrisa de su cara se estaba borrando aunque aún podía intuirse.
No pudo evitar estrujarla contra su pecho y sintió como se ensanchaba por dentro junto con el deseo de cuidarla y ayudarla.
Estiró la capa y se sentó en la humedad del bosque, y del bolsillo, saco un carrete de hilo negro para empezar a remendar los rotos que el tiempo y el frío habían dibujado en ella.
La miraba y no podía esconder el brillo de sus ojos propio de la felicidad de quien ha encontrado un tesoro. Y, aunque sabía que ni su hilo ni su trazo eran fuertes y volverían a descoserse en silencio, estaba dispuesta a remerdarlos las veces que hiciera falta.
Volvía a sentirse niña. Volvía a querer jugar como lo había hecho tantos años atrás con su muñeca preferida, tan parecida y distinta a la vez… quería llevarla a cada rincón del bosque y vivir mil aventuras. Subirse a los árboles, coger frutos silvestres, jugar hasta que los primeros rayos de sol indicaran la hora de volver a casa...
Disfrutaba con cada puntada que unía cada retal, y no derramaba ni una lágrima, si por equivocación, se pinchaba, sin querer, al calcular mal el trazo.
Aprendía a cada instante a su lado, y a la vez quería enseñarle un mundo de cosas que ni ella misma conocía. Y se sentía tan privilegiada…
A pesar de todo, era consciente, que aunque los duendes del bosque la hubieran puesto en su camino, no podía llevársela a casa, puesto que no era suya y debía respetar su libertad, aunque el momento de marcharse abrazada a la soledad, era el más triste del día. Luego, esperaba paciente el momento de poder escapar de nuevo al bosque y confiar en que siguiera allí escondida y poder compartir otro día a su lado.
Quizás, cuando ya no tenga ninguna brecha, decida volver con su antigua dueña, o tal vez, decida viajar en busca de otras niñas con las que jugar para aprender cosas nuevas.
Pero eso no le importaba.
Porque sabía que era afortunada por cada día que la encontraba en el bosque y podían jugar juntas. Porque todos esos momentos, ni el frío ni el tiempo podrían ya arrebatárselos, porque gracias a ella, había vuelto a ser niña, porque con cada puntada le había hecho sentirse grande, porque hay regalos que sólo en la oscuridad del bosque pueden encontrarse, y ninguna balanza podrá jamás medirlos ni cuantificarlos…