viernes, 3 de abril de 2009

RAG DOLL

Yo tenía una muñeca.
Para mí era la más bonita y perfecta del mundo. Era diferente, lo que la hacía más complicada, pero a la vez más especial.
Tenía una mirada brillante y unos largos brazos entre los que poder cobijarme para que se me pasaran todos los males, sabía hacerme reír, y con ella podía jugar a un millón de cosas.
Y a mi me hacía sentir especial, porque, nadie, al menos que yo conociera, había conservado durante tantos años a su muñeca preferida. Yo, en cambio, cada vez que alguien intentaba regalarme un juguete nuevo, lo rechazaba sin dudarlo, puesto que el hecho de tenerla tanto tiempo y haber compartido tantos momentos con ella, me hacía sentir importante y la convertía en algo irremplazable.
Era complicada, porque, a diferencia del resto de muñecos, no era inanimada, y podía actuar a su voluntad cuando lo deseara. Y aunque a veces eso pusiera las cosas más difíciles hacía que ambas pudiéramos cuidarnos y sernos fieles y respetuosas dentro de nuestra extraña relación.
A veces la tenía un tiempo olvidada en el rincón de mi habitación, pero siempre estaba ahí, cuando por las noches, quería contarle como me sentía y todo lo que me podía haber pasado. Al igual que ella, también sabía llamar mi atención cuando me necesitaba a su lado.



De repente mi muñeca empezó a cambiar. Se volvió exigente y celosa conmigo, yo pensaba que era porque no quería que yo jugara con nadie más, aunque en realidad era ella, la que quería irse a jugar con otras personas.
Aunque no compartía muchas de sus opiniones, intenté serle fiel y no dejarla para jugar con otros juguetes. Seguí sus pautas y sus palabras, todo lo que ella me pedía y predicaba.



Mi sorpresa fue cuando un día abrí la puerta de mi habitación y ella ya no estaba allí. Había cogido mis juegos y se había marchado. Todo aquello que me había pedido semanas atrás, lo metió en un arcón y lo cerró bajo llave. Se marchó de la misma manera que me había pedido que yo no me marchara. Me dejó su silencio, las noches vacías, el aire denso donde flotaban mis palabras que ya nadie escuchaba, el dolor punzante en el estómago y una sigilosa lluvia que manaba tímida por mis mejillas.
Me sentí engañada y dolida, por saber que había utilizado sus palabras para alejarme de ella y de los demás; y decepcionada, por pensar que yo era lo suficientemente importante como para que no pasara sobre mi cabeza para conseguir sus fines.



Ahora no sé donde está. No comprendo cómo ha podido cambiar tanto, no entiendo sus actos, no los comparto. Le miro a los ojos y no veo a la misma muñeca que con la que compartí tantos años. Ella no era así, nunca hubiera hecho tales cosas, no de esos modos.



Te regalo todos mis juguetes. Yo no los quiero, nunca los quise, o al menos no de la misma manera que tú. Nunca quise competir contigo, nunca entré en la batalla, pero te empeñaste en derrotarme y ganar de cualquier modo. Espero que seas feliz, y que juegue contigo como yo lo hacía. Que te haga sentir tan especial como para mí lo eras, que no te abandone, que no te engañe, que no te cambie por otra. Que mi desengaño no haya sido en vano, que te haya merecido la pena.
A mi me han hecho crecer de golpe, y ya no me dejan jugar con muñecas.



Te dejo una canción. Mi canción. Otra vez.
Ya sabes cual.



Ojalá puedas escucharla desde el rincón de su habitación.