Pasan los años de tu vida
y se van abriendo y cerrando puertas.
Vas caminando dejándote llevar como sí
estuvieras en una cinta mecánica, sin saber sí vas ascendiendo o descendiendo
al atravesarlas.
Y un día encuentras un cerrojo ante ti, dándote de bruces
contra la madera sin conseguir atravesarla. Tiras con ansia y haces uso de
todas tus fuerzas, en vano, hasta agotarte, frustrarte y caer rendida. En el
suelo. Rodeada de tus lágrimas impotentes que no pueden salvarte.
Hasta qué cierras los ojos y escuchas una voz.
Esa voz que engloba todas las voces, las de todas las personas que te han
rodeado, te han protegido y te han enseñado algo, la de tu conciencia, la que
te obliga a mirar en tus bolsillos y despegar los párpados.
Y sientes el frío metal de un manojo de llaves.
Siempre habían estado ahí. Contigo. Pero dejaste de usarlas hace mucho tiempo.
Cientos de llaves en tu poder y cualquiera
podría ser la afortunada de abrir la puerta, una puerta directa al abismo, a un
vacío tan grande como un universo, en el que las lágrimas no podrán salvarte.
Sin dudar, ni recular. Como en la historia
interminable para cruzar las esfinges, el valor es el único que podrá ayudarte,
y que creará los puentes para llegar a algún lugar. Nadie sabe sí el bueno o el
correcto. Pero será el tuyo.
Como ese dolor de estómago el primer día de
colegio.
Como esa angustia segundos antes de declararte a alguien.
Como el
pánico a la oscuridad y a caer en picado.
Como un sueño en primavera de aspirar
muy hondo, coger aire fresco, y despegar el vuelo...

