martes, 23 de agosto de 2011

Érase una vez...

A penas pasaban de las 8 de la tarde pero las nubes tapaban el cielo con un tupido manto, que tan sólo dejaba escapar algunos ráfagas de claridad, de una luna redonda y brillante que comenzaba a asomarse tímida entre la oscuridad.

El frío cortaba la piel, pero su gruesa capa le protegía y escondía su rostro, dejando a la vista unos traviesos mechones negros y la luz de sus ojos grises.

En la cesta, llevaba sólo lo necesario, algunos dulces y las llaves para volver a casa. No llevaba mapas, ni direcciones, pues sabía que siempre acababa perdiéndose en aquella inmensidad de todas maneras.

Andaba despacio, procurando no atraer a ningún depredador hambriento, cuando la encontró en el suelo.

Era preciosa…

Tenía los cabellos oscuros, y los ojos color chocolate, aunque uno amenazaba con desprenderse de un momento a otro. La tela de su piel era clara, y tenía algún roto que dejaba ver el miraguano que asomaba de su interior. Su vestido estaba sucio y también hecho jirones y la sonrisa de su cara se estaba borrando aunque aún podía intuirse.

No pudo evitar estrujarla contra su pecho y sintió como se ensanchaba por dentro junto con el deseo de cuidarla y ayudarla.

Estiró la capa y se sentó en la humedad del bosque, y del bolsillo, saco un carrete de hilo negro para empezar a remendar los rotos que el tiempo y el frío habían dibujado en ella.

La miraba y no podía esconder el brillo de sus ojos propio de la felicidad de quien ha encontrado un tesoro. Y, aunque sabía que ni su hilo ni su trazo eran fuertes y volverían a descoserse en silencio, estaba dispuesta a remerdarlos las veces que hiciera falta.

Volvía a sentirse niña. Volvía a querer jugar como lo había hecho tantos años atrás con su muñeca preferida, tan parecida y distinta a la vez… quería llevarla a cada rincón del bosque y vivir mil aventuras. Subirse a los árboles, coger frutos silvestres, jugar hasta que los primeros rayos de sol indicaran la hora de volver a casa...

Disfrutaba con cada puntada que unía cada retal, y no derramaba ni una lágrima, si por equivocación, se pinchaba, sin querer, al calcular mal el trazo.

Aprendía a cada instante a su lado, y a la vez quería enseñarle un mundo de cosas que ni ella misma conocía. Y se sentía tan privilegiada…

A pesar de todo, era consciente, que aunque los duendes del bosque la hubieran puesto en su camino, no podía llevársela a casa, puesto que no era suya y debía respetar su libertad, aunque el momento de marcharse abrazada a la soledad, era el más triste del día. Luego, esperaba paciente el momento de poder escapar de nuevo al bosque y confiar en que siguiera allí escondida y poder compartir otro día a su lado.

Quizás, cuando ya no tenga ninguna brecha, decida volver con su antigua dueña, o tal vez, decida viajar en busca de otras niñas con las que jugar para aprender cosas nuevas.

Pero eso no le importaba.

Porque sabía que era afortunada por cada día que la encontraba en el bosque y podían jugar juntas. Porque todos esos momentos, ni el frío ni el tiempo podrían ya arrebatárselos, porque gracias a ella, había vuelto a ser niña, porque con cada puntada le había hecho sentirse grande, porque hay regalos que sólo en la oscuridad del bosque pueden encontrarse, y ninguna balanza podrá jamás medirlos ni cuantificarlos…

jueves, 11 de agosto de 2011

Firing words...

A veces pensamos que las palabras no son más que palabras, que se pueden escribir y borrar a nuestro antojo, que podemos tacharlas, olvidarlas, dejarlas escapar por un oído antes de que hayan llegado a instaurarse en nuestra cabeza.

Cuando tenía quince años, me dijeron algo que nunca olvidé: ¨Hay tres cosas que nunca dan marcha tras, las flechas, las palabras y las oportunidades perdidas”.

Lo que se nos olvida a veces es que unas palabras, no tachan otras. Aunque las digamos en voz alta o las gritemos con todas nuestras fuerzas, aquellas que dijimos seguirán viviendo en aquellas personas a las que se las regalamos.

Porque los sentimientos son como la materia, que ni se crea, ni se destruye, sólo se transforman. Y así pasan a formar parte de nosotros, de lo que fuimos, de lo que nos hizo crecer. Y nos ayudan a seguir creciendo, a guiar nuestros pasos en función de los caminos que vamos escogiendo, levantando piedras del camino para evitarnos caer en los mismos baches, ensanchándonos el corazón y haciéndonos más grandes.

Pero no desaparecerán, porque las palabras que dejamos caer en nuestro sendero, marcan la estela de cada paso que dimos, y fueron un regalo para cada persona que pudo escucharlas, y serán suyas para siempre, por mucho que se griten otras, por mucho que las escribamos en el cielo, aquellas privilegiadas que posamos en ellos, nunca podrán borrarse.

Y no hará falta recordarlas cada día al despertar, porque tan sólo con echar la vista atrás, y mirar dentro de uno mismo, podremos releer nuestro pequeño diario, sin arrancar las páginas, sin necesidad de quemarlas, porque cada capítulo es parte de nosotros, porque es necesario pasar las páginas y continuar escribiendo… más palabras, que no borrarán las otras.

martes, 2 de agosto de 2011

Shit always floats...

Qué diferente se oyen las palabras cuando se dicen en voz alta. Cuando tienes tantas imágenes, sensaciones, momentos, archivados en la habitación secreta bajo llave y de repente los dejas escapar y te arrasan, dejándote tirada y pisoteada en el suelo.

Ahora magullada y sangrando, ya no se te ve tan bonita… sino más bien como un producto defectuoso que nadie supo por qué salió mal de fábrica.

Y dan ganas de vomitarlo todo, de sacarlo fuera para ver si así desaparece, si consigo explicarme y consigo entenderme.

Siempre fue así, desde que tengo uso de razón.

Nunca creí en príncipes ni en caballos blancos. Si no más bien en una harley y una chupa de cuerpo. Y en vez de divisar el castillo penetré por callejones oscuros. Me puse la capa, y saqué las pózimas, pero las brujas nunca triunfan en los cuentos.

Nunca fui princesa, y mi espejo se encarga de recordármelo cada día.

No quieras venderme algo que ni tú misma comprarías…