A veces pensamos que las palabras no son más que palabras, que se pueden escribir y borrar a nuestro antojo, que podemos tacharlas, olvidarlas, dejarlas escapar por un oído antes de que hayan llegado a instaurarse en nuestra cabeza.
Cuando tenía quince años, me dijeron algo que nunca olvidé: ¨Hay tres cosas que nunca dan marcha tras, las flechas, las palabras y las oportunidades perdidas”.
Lo que se nos olvida a veces es que unas palabras, no tachan otras. Aunque las digamos en voz alta o las gritemos con todas nuestras fuerzas, aquellas que dijimos seguirán viviendo en aquellas personas a las que se las regalamos.
Porque los sentimientos son como la materia, que ni se crea, ni se destruye, sólo se transforman. Y así pasan a formar parte de nosotros, de lo que fuimos, de lo que nos hizo crecer. Y nos ayudan a seguir creciendo, a guiar nuestros pasos en función de los caminos que vamos escogiendo, levantando piedras del camino para evitarnos caer en los mismos baches, ensanchándonos el corazón y haciéndonos más grandes.

Pero no desaparecerán, porque las palabras que dejamos caer en nuestro sendero, marcan la estela de cada paso que dimos, y fueron un regalo para cada persona que pudo escucharlas, y serán suyas para siempre, por mucho que se griten otras, por mucho que las escribamos en el cielo, aquellas privilegiadas que posamos en ellos, nunca podrán borrarse.
Y no hará falta recordarlas cada día al despertar, porque tan sólo con echar la vista atrás, y mirar dentro de uno mismo, podremos releer nuestro pequeño diario, sin arrancar las páginas, sin necesidad de quemarlas, porque cada capítulo es parte de nosotros, porque es necesario pasar las páginas y continuar escribiendo… más palabras, que no borrarán las otras.

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