jueves, 26 de febrero de 2009

Tacones de aguja - Escaleras de vértigo


Un chirrido. La puerta se abre. Esta vez se me olvida cerrarla.

Tú me diste la llave. Yo me acerqué a mirar por la mirilla.

Nunca pensé que sería capaz de cruzar el umbral, nunca me creí realmente capaz de hacerlo.

Podía perder tantas cosas... podía perderla para siempre, quizás ya la he perdido. Como mi razón, que me acompaña a ratos, como una sombra que aparece al sol y vuelve a esconderse al llegar la oscuridad. Quizás necesite una lámpara de aceite que tinte el aire de un turbio resplandor para que me guíe como ella lo hacía.

Comencé a andar. Quizás fueron los tacones los que me hicieron tropezar tantas veces, o tal vez fue tu mirada, que me hirió más profundo que las agujas que yo me clavaba...

Tú me diste la llave. Yo empecé a ascender poco a poco por los peldaños, intentando aguantar el equilibrio. Uno, dos, tres,... el vértigo es mayor cuanto mayor es la altura, el riesgo y la inconsciencia... Los tacones me hacen tambalearme pero me creo segura y capaz de mantenerme en pie.

Aunque sé que voy a caerme. Sé que en algún momento me fallará la estabilidad y me derrumbaré de golpe, con un gran batacazo. A lo mejor venga precedido de un mal gesto, de una mala palabra, de otro mirada de indiferencia. O puede que sea una mero castigo impuesto por mí misma, otra manera de flagelarme buscando una dosis en un frasco vacío.

Tú me diste la llave. Y en el fondo no me preocupa hasta dónde llegaré a subir, ni desde qué peldaño caeré.

Si no, si tú estarás allí para cogerme.

sábado, 21 de febrero de 2009

El arte de decir que NO

El arte de decir que no
de forma natural,
la ciencia del perfecto adiós
tajante y sin dudar
El arte de la negación
de tanta utilidad,
para poder decir que no
sin freno y marcha atrás,
sin sentirme mal.
Mapa en mano, ratón en otra, te dispones a preparar un gran viaje. Calculas las rutas, sitúas los hospedajes, controlas los precios, eliges cada uno de los lugares que quieres visitar.
Te calzas las botas, la chaqueta y te llenas la mochila de miles de oportunidades y "por si acasos".
cruzas la puerta y te sientes segura, tienes cada paso calculado, es muy simple, muy sencillo, mientras sigas tus propias indicaciones.
Pero al llegar al primer cruce dudas que camino escoger, intentas mirar los apuntes que te has estado haciendo pero el tiempo apremia y divisas un tren que llega veloz. Ni tan siquiera te da tiempo a desplegar el mapa, subes directa al vagón sin saber cúal es el destino, cúan de largo será el recorrido, ni qué dirección habrá tomado.
¿Ahora qué?
Tantos preparativos, tanta dedicación, tanta pérdida de tiempo...
Pasan las horas y bajas del tren, cabizbaja, ni tan sólo eres capaz de valorar si te ha gustado el viaje, si te ha aportado algo, si el mareo del tren te ha merecido la pena...
¿Por qué has subido?
¿Cuántas veces te has hecho esa pregunta?
- Porque quería viajar, porque prometía llevarme lejos, porque quería sentirme libre y dejarme llevar...
Sentada en el suelo, encogida y abrazada por mis lágrimas, mi Doctora Jekyll me sermonea y me intenta hacer sentir culpable.
la razón me da tantas vueltas que acaba por hacerme perder el equilibrio. Los recuerdos se desglosan como un puzzle que recoloco mentalmente para recrearme aun más en mi locura, mi insensatez, mientras miss Hyde pretende enmarcar las imágenes del album incompleto de una vida incomprensible.
"Los demás no actúan así".- Repite en un vano eco mi Doctora. Pero Hyde grita más fuerte, y le subraya su propia fotografía: Inmóvil, la puerta cerrada, marioneta del momento, esclava del verdugo que mueve la ficha que come nada más sacar de casa, incapaz de tirar los dados... abrazada a la pila con la cabeza gacha, los ojos cerrados y la boca callada sin ser capaz de articular palabra.
Asertividad... que palabra tan complicada. Quizás debería escribirla en mi pizarra particular unas 100 veces...

viernes, 20 de febrero de 2009

Retorno a la charca

No me siento capaz de querer a nadie.
No creo que nadie se merezca tan poco.
Quiero volver a lo sencillo, lo cómodo, un caparazón que aisle mis sentimientos, mis pensamientos, mis ilusiones... Y, al igual que nadie pretende ver más allá, no mostrarlo nunca.
Aprender a disfrutar de lo material, lo físico, lo momentáneo; un intercambio frío pero sincero, donde cada uno pueda obtener lo que quiere sin esperar ni exigir nada a cambio.
Hablar menos, compartir menos, reflexionar menos... controlar más la situación.
Dar a los demás lo que buscan y volver a cerrar la puerta.
No sueñes, no te expongas, no muestres un ápice de cariño, de humildad, de sentimiento.
No cargues el arma para que te disparen.
No intentes ser, no te cobijes.
Deja de ser débil y sé fuerte por tí misma.
No aceptes la mano de nadie, no inventes príncipes que salvan a quienes no son princesas...