
Un chirrido. La puerta se abre. Esta vez se me olvida cerrarla.
Tú me diste la llave. Yo me acerqué a mirar por la mirilla.
Nunca pensé que sería capaz de cruzar el umbral, nunca me creí realmente capaz de hacerlo.
Podía perder tantas cosas... podía perderla para siempre, quizás ya la he perdido. Como mi razón, que me acompaña a ratos, como una sombra que aparece al sol y vuelve a esconderse al llegar la oscuridad. Quizás necesite una lámpara de aceite que tinte el aire de un turbio resplandor para que me guíe como ella lo hacía.
Comencé a andar. Quizás fueron los tacones los que me hicieron tropezar tantas veces, o tal vez fue tu mirada, que me hirió más profundo que las agujas que yo me clavaba...
Tú me diste la llave. Yo empecé a ascender poco a poco por los peldaños, intentando aguantar el equilibrio. Uno, dos, tres,... el vértigo es mayor cuanto mayor es la altura, el riesgo y la inconsciencia... Los tacones me hacen tambalearme pero me creo segura y capaz de mantenerme en pie.
Aunque sé que voy a caerme. Sé que en algún momento me fallará la estabilidad y me derrumbaré de golpe, con un gran batacazo. A lo mejor venga precedido de un mal gesto, de una mala palabra, de otro mirada de indiferencia. O puede que sea una mero castigo impuesto por mí misma, otra manera de flagelarme buscando una dosis en un frasco vacío.
Tú me diste la llave. Y en el fondo no me preocupa hasta dónde llegaré a subir, ni desde qué peldaño caeré.
Si no, si tú estarás allí para cogerme.
