Qué diferente se oyen las palabras cuando se dicen en voz alta. Cuando tienes tantas imágenes, sensaciones, momentos, archivados en la habitación secreta bajo llave y de repente los dejas escapar y te arrasan, dejándote tirada y pisoteada en el suelo.
Ahora magullada y sangrando, ya no se te ve tan bonita… sino más bien como un producto defectuoso que nadie supo por qué salió mal de fábrica.
Y dan ganas de vomitarlo todo, de sacarlo fuera para ver si así desaparece, si consigo explicarme y consigo entenderme.

Siempre fue así, desde que tengo uso de razón.
Nunca creí en príncipes ni en caballos blancos. Si no más bien en una harley y una chupa de cuerpo. Y en vez de divisar el castillo penetré por callejones oscuros. Me puse la capa, y saqué las pózimas, pero las brujas nunca triunfan en los cuentos.
Nunca fui princesa, y mi espejo se encarga de recordármelo cada día.
No quieras venderme algo que ni tú misma comprarías…

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