martes, 14 de junio de 2011

El dolor que alivia el dolor


Tic-tac, tic-tac, tic-tac…

Lo oyes retumbar en tu cabeza y ya no sabes si son las manecillas del reloj que cuelga en la pared, tus latidos, o el constante goteo que se escurre entre tus manos.

Sientes su frío, su distancia, su maldad, que penetra en tu rabia, tu impotencia y tu dolor. Se han juntado en un vals infinito que no te permite conciliar el sueño, ni esta ni muchas otras noches. Te acaricia, suave, dejando tu piel áspera a su paso, besando cada milímetro despacio y de manera constante.

Te ayuda a olvidar, a cambiarlo por otro, por uno más fácil de ver, de sentir, de controlar en definitiva. Pero no hará que el real se vaya… aunque tu ingenuidad quiera creerlo.

Notas la sal en la comisura de tus labios.

¿Recuerdas cuando eras niña y en el cole te daban un punzón para hacer un dibujo en un papel sobre una almohadilla? A nadie le parecía peligroso seguir la línea de puntos.

Te sientes presa de la locura. Es más fácil creerte irracional. Pero tú misma construyes los barrotes que te separan del mundo real.

Te desnudas, te acaricias, pero en ellas no está el consuelo que ansías.

Te dibujas, aferrándote a ella pensando que puede succionarte todo sentimiento nocivo en vano. Y sus dibujos, te acompañan en la noche al compás de la canción que suena dentro.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac…

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