Había una vez una niña tonta.
Era menuda y poco agraciada, y no tenía demasiadas luces.
Cada noche, cruzaba el frondoso bosque que la separaba de su casa, a oscuras, retando a las criaturas que habitaban en la penumbra y, a escondidas de sus padres, saltaba desde la ventana, descalza y en camisón.
Bajo sus plantas sentía la tierra húmeda, y el aire frío de la noche que atravesaba el fino lino blanco y le hacía sentir una sinfonía de escalofríos inacabada.
Andaba sin miedo, sin importarle nada. Tan sólo llegar al agua y esperar... esperar hasta que apareciera él.
Pequeño, verde, con una mirada penetrante y desafiante.
Se postraba en sus manos y le hacía sentir calor. Le daba la seguridad suficiente como para creer que no estaba sola en ese inmenso bosque y ya nada malo podía ocurrirle.
Como buen proyecto de princesa, arrimaba sus tímidos y cálidos labios hacia su piel rugosa y húmeda.
Y siempre encontraba el mismo rechazo...
Tú no eres una princesa, ni lo serás nunca. No voy a ser tu príncipe, no quiero sentir tus labios, ni tocar tu piel, ni abrazarte cada noche mientras duermes. No te quiero.
Pero como os digo, esta niña era tonta y tenía pocas luces, y cada noche, volvía a escaparse, atravesaba el bosque en la oscuridad y esperaba junto a la charca paciente...
Esperando el día que nunca llegó.

Frondoso y acogedor bosque.
ResponderEliminarAunque demasiado frío.
Charca verde un tanto azulada.
Suena una música de fondo.
Nunca somos princesas.
Quizás mi charca no sea la tuya...
ResponderEliminarQuizás una noche la niña se canse, y cuando se despierte de madrugada, y se marche descalza, se llene los bolsillos de piedras y se deje flotar hasta llegar al fondo...
No creo que el sapo la salve.
Ni creo que lo haga nadie.