miércoles, 10 de noviembre de 2010

Frío, frío... caliente, caliente...

LLega el frío, y con él la bajada de ánimos, de defensas. Se intalan los estornudos, las toses, el esconder la barbilla bajo la bufanda y cobijar las manos en los bolsillos. Se apuntan también los bajos de los pantalones mojados, la nariz y las orejas frías, cuerpos camuflados en grandes y gruesos abrigos, los paseos nocturnos a las 6 de la tarde, las cafeterías atestadas de gente, los paragüeros que parecen alfileteros y el centro que empieza a poblarse de compradores compulsivos que viendo los primeros adornos sienten el impulso de comenzar a vaciar sus carteras.
Pero con todo esto también llegan los caldos calentitos y los vasos de leche antes de dormir, el nórdico (si no tienes ningún accidente felino...), la mantita del sofá y las sagas de películas, el trivial, las tertulias largas del café y la buena compañía.
Los arrumacos en la cama con la almohada, deseando que el despertador no suene de nuevo para ir a trabajar, el vaho que inunda el baño al salir de la ducha, los calcetines altos, las botas, los ferrero que desaparecen en verano, el suchard, las tardes haciendo (y deshaciendo) punto, el intercambio de virus, el olor a castañas y mazorcas, los mercaditos, las luces, los recuerdos, las viejas caras, la nostalgia y la esperanza de que los deseos, cualquiera que sean, pueden llegar a cumplirse...

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